Pecados Altivos
R. J. Rushdoony

Una de las cosas más difíciles de hacer es convencer a las mujeres de que roncan. Un hombre, de  quien su esposa se queja de sus ronquidos, me admitió que su esposa también ronca. “¿Por qué no le comentas?” le sugirió. De repente contestó. No se atrevería. Su esposa no le creería y asumiría que él es deshonesto.

Las mujeres consideran que no es femenino roncar y que perderían su dignidad y pocas creerían que realmente roncan. La mayoría de los hombres, siendo cariñosos y a veces indulgentes, no dicen nada.

Un viejo cura una vez comentó que nunca había tenido a alguien que confesara ser tacaño. Había oído de todo tipo de pecado menos este. No era porque no había feligreses tacaños sino porque no hay dignidad en ser tacaño. Como resultado, veían su tacañería como frugalidad, la providencia, la buena mayordomía y, de alguna manera, una virtud, no un vicio.

No solo somos pecadores, somos pecadores altivos. Los pecados que cometemos los vemos como pecados de fuerza, carácter y vigor. Desde hace unos años cuando visitaba  la cárcel de vez en cuando, descubrí que una de las actitudes más comunes era precisamente este tipo de fariseísmo. Un preso podría admitir haber cometido ciertas ofensas, pero señalaría a otros delincuentes, citar sus delitos y decir, “Nunca he hecho algo tan malo como esto.” Sus ofensas, de algún modo, tenía estatus, dignidad y carácter ante sus ojos.

Somos muy tolerantes e indulgentes acerca de nuestros propios pecados y defectos. Según nosotros, realmente hay algo adorable aún de nuestras faltas. Por supuesto, los defectos de nuestros esposos, esposas o amigos nos molestan y nos preguntamos porque no cambian para adaptarse a nuestros gustos y preferencias. Nuestros pecados, por supuesto, nos convienen perfectamente bien.

No sólo es el orgullo una parte de nuestro pecado, pero demasiado a menudo somos orgullosos en nuestro pecado y de nuestros pecados. Nos quedan bien y por lo tanto persistimos en ellos. Tal vez pensemos en limpiar la casa, pero no demasiado en serio.

San Agustín escribió que, cuando se empezaba a sentir bajo la convicción de su pecado empezaba a orar que Dios le cambiara, pero su oración era en efecto esto, “Señor, purifícame, pero no todavía.” Así es demasiadas veces con nosotros. Somos pecadores altivos y nuestros pecados son muy queridos por nosotros, si somos suficientemente honestos para reconocerlo. Nos convienen.

Sin embargo, esto no cambia la realidad. Nuestras vidas no son intencionadas para complacernos sino para agradar a Dios. El catecismo es correcto, “El fin principal del hombre es el de glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.” ¿Qué estás tratando de disfrutar, a Dios o a tus pecados?

R.J. Rushdoony, A Word in Season, Daily Messages on the Faith for All of Life, Vol I (Una Palabra a Tiempo: Mensajes Diarios Acerca de la Fe para Toda la Vida, Tomo I), Vallecito, California, Ross House Books, 2010

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