¿Cuándo cesó la profecía y la visión en Israel? ¿No fue cuando Cristo vino, el Santo de santos? Esto es de hecho, una señal y prueba notable de la venida de la Palabra, que Jerusalén no permaneció más, ni se levantó profeta ni visión se reveló entre ellos. Y es natural que fuera así, porque cuando Él que era conocido había venido, ¿qué necesidad todavía había de darlo a conocer? Y cuando la verdad había venido, ¿qué mayor necesidad había de la sombra? A su favor sólo ellos profetizaban continuamente, hasta que el tiempo de la Justicia Esencial hubiera llegado, Quien fue hecho el rescate por los pecados de todos. Por la misma razón, Jerusalén permaneció hasta ese mismo momento, para que ahí los hombres pudieran premeditar en los sujetos antes de que la Verdad fuera conocida. Así que, claro está, una vez que el Santo de santos había venido, tanto la visión como la profecía fueron sellados. Y los reinos de Jerusalén cesaron al mismo tiempo, porque los reyes debían ser ungidos entre ellos sólo hasta que el Santo de santos hubiera sido ungido. Moisés también profetizó que el reino de los judíos permanecería hasta Su tiempo, diciendo, “No será quitado el cetro de Judá ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a Él se congregarán los pueblos” (Génesis 49:10). Y esa es la razón por la que el Salvador mismo estaba proclamando “La ley y los profetas profetizaron hasta Juan” (Mateo 11:13). Así que si todavía hay rey, profeta o visión entre los judíos, ellos hicieron bien en negar que Cristo vino; pero si ya no hay ni rey ni visión y debido a que desde ese tiempo toda la profecía ha sido sellada y la ciudad y el templo fueron tomados, ¿cómo pueden hacer tanto alarde de los hechos, como negar a Cristo quien ha hecho todo esto?

Atanasio, En la Encarnación [40]

 

18- EL TIEMPO ESTÁ CERCA

La pregunta acerca de la fecha del Libro de Apocalipsis es importante para su correcta interpretación. Los eruditos han aceptado muchas veces la declaración de Ireneo (D.C. 120-202) que la profecía apareció “hacia finales del reino de Domiciano (es decir, alrededor del año 96 D.C.). Sin embargo, hay una duda razonable acerca de que implicaba Ireneo con esto (él pudo haber querido decir que el mismo Apóstol Juan “fue visto” por otros). El lenguaje de Ireneo es ambiguo e independientemente de que él estuviera hablando, podía haber Estado equivocado (Ireneo, incidentemente, es la única fuente para esta fecha tardía de Apocalipsis; todas las demás “fuentes” se basan en Ireneo). Ciertamente, hay otros primeros escritores cuyas declaraciones indican que Juan escribió el Apocalipsis mucho antes, bajo la persecución de Nerón. Por lo tanto, nuestra fuente más segura, es estudiar el Apocalipsis para ver que evidencia interna presenta con respecto a su fecha – evidencia que indica que fue escrito en algún momento antes o alrededor del año 68 d.C. Brevemente, esta prueba se sustenta en dos puntos: (1) Se habla de Jerusalén como todavía permaneciendo y mucho del libro profetiza la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. (2) El emperador Nerón es mentcionado como que todavía estaba vivo – y Nerón murió en junio del 68 (Estos puntos y otros serán demostrados en los siguientes capítulos).

Sin embargo, mucho más que esto, tenemos una enesñanza a priori de la Escritura misma de que toda revelación especial terminó en el año 70 D.C.. El ángel Gabriel le dijo a Daniel que las “setenta semanas” iban a terminar con la destruccción de Jerusalén (Daniel 9:24-27) y ese periodo serviría también para “sellar la visión y la profecía” (Daniel 9:24). En otras palabras, la revelación especial terminaría – sería “sellada” – para el tiempo en que Jerusalén fuera destruída. El canon de las Sagradas Escrituras fue totalmente completado antes de la caída de Jerusalén.

La muerte, resurrección y ascensión de Cristo marcó el fin del Antiguo Testamento y el inicio del Nuevo, los apóstoles fueron comisionados para dar el mensaje de Cristo en la forma del Nuevo Testamento y cuando terminaran, Dios enviaría a los Edomitas y al ejército de Roma a destruir completamente el último símbolo que quedaba del Antiguo Testamento: el Templo y la Ciudad Santa. Este simple hecho es suficiente para establecer que Apocalipsis fue escrito antes del año 70 D.C.. El libro mismo – como lo veremos – da bastante testimonio en lo que se refiere a su fecha, pero es más, la naturaleza del Nuevo Testamento como la Palabra Final de Dios nos dice esto. La muerte de Cristo a manos de la Israel apóstata selló su destino: el Reino les sería quitado (Mateo 21:33-43). Mientras que la ira se acumulaba “hasta el extremo” (1 Tesalonicenses 2:16), Dios detenía Su mano de juicio hasta que la escritura del documento del Nuevo Tetamento fuera completada. Una vez hecho eso, Él terminaría dramáticamente con el reino de Israel, eliminando a la generación perseguidora (Mateo 23:34-36; 24:34; Lucas 11:49-51). La destrucción de Jerusalén (Apocalipsis 11) fue el último sonar de la trompeta, señalando que el “misterio de Dios” era consumado (Apocalipsis 10:7). Ya no habría una próxima revelación especial una vez que Israel no estuviera. Para regresar al punto: el Libro de Apocalipsis fue escrito antes del año 70 D.C. y probablemente antes del 68 D.C..

 

Destinatarios

Juan dirigió el Apocalipsis a siete Iglesias importantes en Asia Menor y de ahí recibió una distribución amplia. Asia Menor era importante ya que el culto de adoración a César es tratado a profundidad en la profecía y Asia Menor era el centro mayor de adoración a César. “Inscripción tras inscripción testifica la lealtad de las ciudades hacia el Imperio. En Éfeso, Esmirna, Pérgamo y por supuesto a través de la provincia, la Iglesia fue confrontada con un imperialismo que era popular y patriota, y tenía el carácter de una religión. En ninguna parte el culto a César era más popular que en Asia” (H.B. Swete, Commentary on Revelation/Comentario sobre Apocalipsis [Kregel, 1977], p. lxxxix).

Después de que Julio César murió (29 D.C.), se construyó un templo en honor a él como divo (dios) en Éfeso. Los Césars que siguieron no esperaron a estar muertos para tener esos honores empezando con Octavio, ellos afirmaron su propia divinidad, exhibiendo sus títulos de deidad en los templos y en las monedas, especialmente en las ciudades de Asia. Octavio cambió su nombre a Augusto, un título de majestad suprema, dignidad y reverencia. Él era llamado el Hijo de Dios y como mediador divino-humano entre el cielo y la tierra ofreció sacrificios a los dioses. Él fue grandemente proclamado como el Salvador del mundo y las inscripciones en sus monedas eran francamente mesiánicas – su mensaje declarando, como Ethelbert Sauffer lo ha escrito, que la “salvación no se encontraba en otro más que en Augusto y que no había otro nombre dado a los hombres en el cual ellos puedieran ser salvos” (Christ and the Cesars/Cristo y los Césars [Westminster, 1955], p. 88).

Esta postura era común con todos los Césars. César era Dios; César era el Salvador; César era el único Señor y no sólo proclamaban los títulos sino también los derechos de deidad. Ellos imponían impuestos y confiscaban propiedades conforme a su voluntad, tomaban las esposas de los ciudadanos (y los esposos) para su propio placer, provocaban escasez de alimentos, ejercían el poder de la vida y la muerte sobre sus súbditos y generalmente intentaban gobernar todo aspecto de la realidad por todo el Imperio. La filosofía de los Césars se puede resumir en una frase que fue utilizada cada vez más conforme la era avanzaba: ¡César es Señor!

Este era el asunto principal entre Roma y los Cristianos: ¿Quién es el Señor? Francis Schaeffer señaló: “No nos olvidemos de por qué los Cristianos eran asesinados. Ellos no eran matados porque adoraban a Jesús… a nadie le importaba quién adoraba a quién mientras que la adoracción no rompiera la unidad del Estado, centrado en la adoración formal al César. La razón por la que los Cristianos eran asesinados era porque ellos eran rebeldes… ellos adoraban a Jesús como Dios y adoraban al único Dios infinito y personal. Los Césars no tolerarían esta adoración al único Dios. Esto era contado como traición” (How Shall We Then Live?/Entonces ¿Cómo Viviremos? [Revell, 1976], p.24).

Para Roma la meta de una verdadera moralidad y piedad era la subordinación de todas las cosas al Estado, el hombre religioso y piadoso era el que reconocía en todos los aspectos de su vida, la centralidad de Roma. R.J. Rushdoony hizo la siguiente observación “el marco de los hechos religiosos y familiares de piedad era Roma misma, la comunidad central y más sagrada. Roma controlaba estríctamente los derechos de sociedad, asamblea, reuniones religiosas, clubs y reuniones en las calles, y no admitía ninguna rivalidad posible a su centralización… El Estado por sí solo podía organizar y conspirar, los ciudadanos no podían. Simplemente en este terreno, la Iglesia Cristiana altamente organizada era una ofensa y una afrenta al Estado, y una organización ilegal rápidamente sospechosa de conspiración” ( The One and The Many/El Único y los Muchos [Thoburn Press, 1978], pp.92F.).

El testificar de los apóstoles y la Iglesia primitiva no era más que una declaración de guerra en contra de las pretensiones del Estado de Roma. Juan afirmó que Jesús es el unigénito Hijo de Dios (Juan 3:16), esto es en realidad, “el Dios verdadero y la vida eterna” (1 Juan 5:20-21). El Apostol Pedro declaró, poco tiempo después de Pentecostés: “Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). “El conflicto del Cristianismo con Roma era por tanto político desde la perspectiva de Roma, aunque religioso desde la perspectiva Cristiana. A los Cristianos nunca se les pidió que adoraran a los dioses paganos de Roma, a ellos simplemente se les pedía que reconocieran la supremacía religiosa del Estado… Entonces el asunto era este: ¿debía la ley del emperador, la ley del Estado, gobernar tanto el Estado y la Iglesia o eran el Estado y la Iglesia, el emperador y el obispo iguales bajo la ley de Dios? ¿Quién representaba el orden verdadero y final, Dios o Roma, la eternidad o el tiempo? Los romanos contestaban que era Roma y el tiempo, por lo tanto el Cristianismo constituía una fe traidora y una amenaza al orden político” (Rushdoony, El Único y los Muchos, p.93).

El cargo presentado por la persecución en el juicio del primer siglo de los Cristianos era que “ellos desafiaban los decretos de César, diciendo que había otro rey, uno llamado Jesús” (Hechos 17:7). Esta era la acusación básica en contra de todos los Cristianos del Imperio. El capitán de la policía le suplicó al anciano Obispo Policarpio para que renunciara a esta posición tan extrema: “¿Qué daño hay en decir que César es el Señor?” Policarpio se rehusó y fue quemado en la hoguera. Miles sufrieron el martirio en este mismo asunto. Para ellos, Jesús no era “Dios” en una historia superior, en un sentido irrelevante. Él era el único Dios, soberano completo en todas las áreas. Ningún aspecto de la realidad podía exentarse de Sus demandas. Nada era neutral. La Iglesia confrontó a Roma con una afirmación inflexible de la autoridad imperial de Cristo: Jesús es el unigénito Hijo, Jesús es Dios, Jesús es Rey, Jesús es el Salvador, Jesús es el Señor. Aquí había dos imperios, ambos intentando dominio absoluto del mundo y estaban implacablemente en guerra.

Para las Iglesias de Asia era necesario recononcer esto completamente con todas sus implicaciones. La fe en Jesucristo requiere de sumisión absoluta a Su Señorío, en cada aspecto sin comprometerse en otra cosa. La confesión de Cristo implicaba conflicto con el estatismo, particularmente en las provincias donde era requerida adoración oficial a César para la transacción de los asuntos cotidianos. El fallar en reconocer las afirmaciones del Estado resultaba en dificultades económicas y en la ruina y muchas veces encarcelamiento, tortura y muerte.

Algunos Cristianos se comprometieron: “Claro Jesús es Dios. Yo le adoro en la Iglesia y en devocionales privados. Pero puedo mantener mi trabajo y mi sindicato, aunque ellos requieran que le rinda homenaje a ciertas deidades paganas. Eso es solo un detalle sencillo: después de todo, yo todavía creo en Jesús en mi corazón… “pero el Señorío de Cristo es universal y la Biblia no hace distinción entre el corazón y la conducta. Jesús es Señor de todo. Reconocerlo verdaderamente como Señor, implica que debemos servirle en todo lugar. Este es el mensaje principal de Apocalipsis y el que los Cristianos en Asia necesitaban desesperadamente escuchar. Ellos vivieron en el corazón mismo del trono de satanás, el asiento de la adoración al Emperador. Juan escribió para recordarles de su Rey verdadero, de su posición con Él como reyes y sacerdotes y de la necesidad de perseverar en términos de Su Palabra soberana.

 

Tema

El propósito de Apocalipsis era revelar a Cristo como el Señor a una Iglesia sufriente. Debido a que estaban siendo perseguidos, los primeros Cristianos podían ser tentados a tener miedo de que el mundo se le estaba saliendo de las manos, que Jesús, quien había afirmado “toda autoridad… en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18), realmente no estaba para nada en control. Los apóstoles muchas veces advirtieron en contra de este error centrado en el hombre, recordándole al pueblo que la soberanía de Dios está sobre toda la historia (incluyendo nuestras tribulaciones en particular). Esta era la base para algunos de los pasajes más hermosos de consolación en el Nuevo Testamento (por ejemplo Romanos 8:28-29; 2 Corintios 1:3-7; 4:7-15).

La preocupación principal de Juan al escribir el Libro de Apocalipsis era sólo esto: fortalecer a la comunidad Cristiana en la fe del Señorío de Jesucristo, para hacerlos conscientes de que la persecución que sufrían estaba involucrada completamente en la gran guerra de la historia. El Señor de gloria había ascendido a Su trono y los gobernantes impíos ahora estaban resistiendo Su autoridd persiguiendo a Sus hermanos. El sufrimiento de los Cristianos no era una señal de que Jesús había abandonado este mundo al diablo sino más bien revelaba que Él era Rey. Si el Señorío de Jesús no tenía sentido históricamente, los impíos no habrían tenido razón alguna para molestar a los Cristianos. Pero en lugar de eso, ellos persiguieron a los seguidores de Jesús, mostrando su falta de disposición a reconocer Su supremacía sobre su gobierno. El Libro de Apocalipsis presenta a Jesús sentado en su caballo blanco como “Rey de reyes y Señor de señores” (19:16), peleando con las naciones, juzgando y haciendo guerra en justicia. Los Cristianos perseguidos no estaban olvidados en ningún sentido por Dios. En realidad ellos estaban en el frente de batalla del conflicto de las épocas, un conflicto en el que Jesucristo ya había ganado la batalla decisiva. Desde Su resurrección, toda la historia ha sido una operación de “limpieza” en donde las implicaciones de Su obra están siendo implementadas gradualmente en todo el mundo. Juan es realista: las batallas no serán fáciles, ni saldrían los Cristianos ilesos. Muchas veces sería sangriento y mucha sangre sería de la nuestra. Pero Jesús es Rey, Jesús es Señor y (como dice Lutero) “Él debe ganar la batalla.” El Hijo de Dios continua con la batalla, conquistando y para conquistar, hasta que Él haya puesto a todo sus enemigos debajo de Sus pies.

El tema de Apocalipsis entonces, era contemporáneo, es decir estaba escrito hacia y para los Cristianos que estban viviendo en el momento en que fue entregado primero. Nosotros estamos equivocados al interpretarlo de manera futurista, como si este mensaje estuviera primordialmente intencionado para un tiempo 2000 años después de que Juan lo escribió. (Es interesante – pero no sorprendente – que aquellos que interpretaron el libro de manera “futurista” siempre parecían enfocarse en su propia era como el tema de las profecías. Convencidos de su propia importancia, ellos no eran capaces de pensar de sí mismos como viviendo en otro tiempo diferente al clímax de la historia). Por supuesto que los eventos que Juan predijo estaban “en el futuro” para Juan y sus lectores, pero estos ocurrieron poco después de que él los escribió. Interpretar el libro de otra manera es contradecir tanto el alcance de su obra como un todo y en particular los pasajes que indican su tema. Para nosotros, la mayor parte de Apocalipsis (es decir, todo excluyendo unos cuantos versículos que mencionan el fin del mundo) es historia: ya sucedió. Quizás esto es una gran desilusión para aquellos que estaban esperando experimentar algunas de las emocionantes escenas en el libro, así que para ellos tengo una pequeña palabra de consuelo: Anímese, las Abejas Asesinas todavía van en camino al norte. Es más, la Bestia tiene una hueste de imitadores modernos, así que todavía tienes la oportunidad de ser decapitado. Desafortunadamente, aquellos que han esperado escapar de los fuegos artificiales en el rapto no tienen tanta suerte. Ellos sólo se tendrán que esforzar a través de la victoria con el resto de nosotros.

La Iglesia primitiva tenía dos grandes enemigos: la Israel apóstata y la Roma pagana. Muchos Cristianos murieron en sus manos (en realidad, estos dos enemigos de la Iglesia muchas veces cooperan entre sí para matar a los Cristianos, como lo hicieron con la crucifixión del Señor). Y el mensaje de Apocalipsis era que estos dos perseguidores, inspirados por satanás, serían juzgados pronto y serían destruidos. Su mensaje era contemporáneo no futurista.

Algunos se quejarán de que esta interpretación hace a Apocalipsis “irrelevante” para nuestro tiempo. Una idea más equivocada es inimaginable. ¿Son los libros de Romanos y Efesios “irrelevantes” sólo porque fueron escritos para los creyentes del primer siglo? ¿Debería 1 Corintios y Gálatas ser desechados porque ellos trataron con los problemas del primer siglo? ¿No es toda la Escritura útil para los creyentes en todo tiempo (2 Timoteo 3:16-17)? En realidad, son los futuristas quienes han hecho de Apocalipsis irrelevante – porque en la hipótesis futurista el libro ha sido inaplicable desde el tiempo en que fue escrito hasta el siglo veinte. Sólo si vemos a Apocalipsis en términos de su relevancia contemporánea se vuelve otra cosa más que sólo letra muerta. Desde el principio, Juan declaró que su libro estaba dirigido a las “siete Iglesias que estaban en Asia” (1:4) y debemos asumir que quiso decir lo que dijo. Él clarmente esperaba que aún los símbolos más difíciles en la profecía pudieran ser comprendidos por los lectores del primer siglo (13:18). Ni una vez el implicó que este libro estaba escrito con la mente del siglo veinte y que los Cristianos debían perder su tiempo tratando de decifrarlo hasta que las estaciones espaciales fueran inventadas. La importancia principal del Libro de Apocalipsis era para los lectores del primer siglo. Todavía tiene relevancia para nosotros hoy cuando comprendemos su mensaje y aplicamos sus principios a nuestras vidas y a nuestra cultura. Jesucristo todavía demanda de nosotros lo que le demandó a la Iglesia primitiva: fidelidad absoluta a Él.

Muchas líneas de evidencia para la naturaleza contemporánea de Apocalipsis serán señaladas aquí. Primero, hay un tono general en el libro, que es tomado con los mártires (ver por ejemplo, 6:9; 7:14; 12:11). El tema es claramente la situación presente de las Iglesias: el Apocalipsis fue escrito para la Iglesia sufriente para poder consolar a los creyentes durante su tiempo de prueba. En segundo lugar, Juan escribe que el libro se ocupa de “las cosas que deben suceder pronto” (1:1 y advierte que “el tiempo está cerca” (1:3). En caso de que no lo hubiéramos entendido, el dice otra vez, al final del libro que “el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, envió Su ángel para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto” (22:6). Dado el hecho de que una prueba importante de un profeta verdadero yace en el hecho de que sus predicciones se vuelvan verdad (Deuteronomio 18:21-22), los lectores de Juan del primer siglo tenían toda razón de esperar que su libro tuviera relevancia inmediata. Las palabras pronto y cerca simplemente no pueden forzrse para significar otra cosa más allá de lo que dicen. Si yo te digo, “Llegaré pronto,” y no llego en 2000 años, ¿podrías decir que me retrase un poco? Algunos objetarán esto en base a 2 Pedro 3:8, “un día para el Señor es como mil años y mil años como un día.” Pero el contexto ahí es completamente diferente: Pedro nos está exhortando a tener paciencia con respecto a las promesas de Dios, asegurándonos que la fidelidad de Dios a Su santa Palabra no se agota ni disminuye.

El libro de Apocalipsis no se trata de la Segunda Venida. Se trata de la destrucción de Israel y la victoria de Cristo sobre Roma. De hecho la palabra venir como es usada en el Libro de Apocalipsis nunca se refiera a la Segunda Venida. Apocalipsis profetiza el juicio de Dios sobre dos antiguos enemigos de la Iglesia y mientras que eso sucede describe brevemente algunos eventos del fin del tiempo, esa descripción es simplemente una “envoltura,” para mostrar que los impíos nunca prevalecerán contra el Reino de Cristo, pero el enfoque principal de Apocalipsis está sobre los eventos que sucederían pronto.

En tercer lugar, Juan identifica ciertas situaciones como contemporáneas: en 13:18, Juan claramente anima a sus lectores contemporáneos a calcular el “número de la bestia” y decifrar su significado; en 17:10, uno de los siete reyes está actualmente en el trono y Juan nos dice que la gran ramera “es” (tiempo presente) la gran ciudad, que reina (tiempo presente) sobre los reyes de la tierra” (17:18). Otra vez, Apocalipsis era para ser comprendido en términos de su importancia contemporánea. Una interpretación futurista es completamente opuesto a la forma en la que el mismo Juan interpreta su propia profecía.

En cuarto lugar, debemos notar cuidadosamente las palabras del ángel en 22:10: “No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca.” Por supuesto, una vez más se nos dice explícitamente que la profecía es contemporánea en naturaleza, pero hay más, la declaración del ángel contrasta con el mandamiento que Daniel recibió al final de su libro: “Cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin” (Daniel 12:4). A Daniel se le ordenó específicamente que sellara su profecía, porque se refería “al fin,” en un futuro distante. Pero a Juan se le dijo que no sellara su profecía porque el tiempo del que hablaba ¡estaba cerca!

Así es que, el enfoque del libro de Apocalipsis está sobre una situación contemporánea de Juan y de sus lectores del primer siglo. Fue escrito para mostrarle a aquellos primeros Cristianos que Jesús es Señor, “el soberano de los reyes de la tierra” (Apocalipsis 1:5). Este muestra que Jesús es la clave de la historia del mundo – que nada ocurre separado de su voluntad soberana, que Él será glorificado en todas las cosas y que Sus enemigos morderán el polvo. Los Cristianos de ese tiempo estaban tentados a comprometerse con el estatismo y las religiones falsas de su tiempo, y necesitaban este mensaje de dominio absoluto de Cristo sobre todo, para que fueran fortalecidos en la guerra a la que estaban llamados.

Nosotros también necesitamos este mensaje, también estamos sujetos todos los días a las amenazas y seducciones de los enemigos de Cristo. También se nos pide – aún por compañeros Cristianos – que nos comprometamos con las Bestias modernas y las Rameras para poder salvarnos (o nuestros trabajos, propiedades o estar exentos de impuestos). También somos enfrentados con una elección: rendirnos a Jesucristo o rendirnos a satanás. El Apocalipsis habla poderosamente de los asuntos que enfrentamos hoy y su mensaje para nosotros es el mismo que fue para la Iglesia primitiva: que no existe ni un centímetro de terreno neutral entre Cristo y satanás, que nuestro Señor demanda sumisión absoluta a Su gobierno y que Él ha predestinado a Su pueblo para conquistar y dominar victoriosamente sobre todas las cosas en Su Nombre. No debe existir ningún compromiso ni ceder ningún territorio en la gran batalla de la historia. Se nos ordena ganar.

Aquí puedes leer el libro completo del el Paraíso Restaurado.