El Problema con las Niñas Bonitas

Blog Joyness the Brave Octubre 3 de 2014 Traducción: Alberto Mansueti
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El año pasado yo estaba como RA (Asesor Residente en la Universidad), y veía rostros brillantes a escondidas a través de mi puerta preguntando si podríamos reunirnos a hablar. Me encantaron las chicas de mi piso, y estaba yo inspirada viéndolas estirarse, luchar y crecer; verlas me ayudó a crecer muchísimo también a mí. (Y si estás leyendo esto y eres de los madrugadores o nocturnos … hola, te amo!)

Pero avanzando el semestre, empecé a notar frases recurrentes en el vocabulario de muchas chicas, hablando sobre situaciones diversas como por ej. problemas familiares, novios presionadores, amistades intensas:

“No quiero aparecer como pesada (o presionadora, o ‘pobrecita’, o ‘crítica’).”

Ejemplos:

“Me siento incómoda con su manera de actuar… pero no quiero aparecer como pesada.”

“Me siento maltratada… pero no quiero aparecer como ‘pobrecita’.”

“Pienso que lo que hacen está mal y es dañoso para ellos, pero no quiero aparecer como quien se siente superior.”

Cuando comencé a notar esta tendencia, también empecé a notar parecidas tensiones en mí misma. Empecé a ver que persistentemente, en la parte trasera de muchas de las mentes de las niñas, ya sea de manera consciente o no, hay la idea de que tenemos que ser lo que me gusta llamar “niñas bonitas.”

Admiramos a las niñas “tiernas”, “dulces” y “bonitas”, y tenemos reacciones negativas ante gente que se siente presionada, herida, indignada, incluso experimentando dudas, y a menudo les percibimos como con “malos sentimientos”, los cuales debemos reprimir y orar al respecto, porque no estamos “pensando lo mejor acerca de los demás”.

Creo que la línea divisoria entre ser honesta y ser pesada es más delgada quizá para las niñas que para los niños. Se espera de la niña una cierta pasividad agradable: que sea honesta, ¡pero no demasiado honesta! ¿No te ha pasado? Y esto se agrava por algunas ideas populares sobre cómo debe ser la feminidad bíblica.

Dice I Pedro 3:3-4, “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.”

He escuchado a muchos bien reputados maestros de escuela dominical amonestar a las niñas para que sean “espíritus afables y apacibles “, sin tomar en cuenta las otras facetas necesarias y admirables de la feminidad. ¿Qué pasa con la Sabiduría por ej., personificada como mujer, capaz de reprender a fondo al tonto? ¿No encaja en un marco de dulzura y tranquilidad? Es bueno, noble y deseable tener un espíritu afable y apacible, y se nos ha mandado; es algo que quiero necesito desarrollar, pero, ¿qué entendemos por “afable y apacible”? Sin una comprensión sólida y bíblica de estas palabras, se recurre a elogiar una versión superficial de la mujer: “la niña bonita”.

En esto encuentro a muchas jóvenes, y a mí misma, enfrentando una tensión entre dos fuerzas poderosas que compiten por el control de nuestras acciones: Gestión de la Imagen, y Autogestión o Gestión del Yo.

Gestión de la Imagen

Ser o no ser “agradable”, esa es la cuestión. ¿Es más noble hacer lo correcto o lo que se vea como que estás siendo “agradable” …?

El problema con la idea de la “niña bonita” es que se basa principalmente en las percepciones, no en la realidad. Cuando la preocupación es “No quiero parecer pesada”, el foco de atención ya se sale de lo que debe ser actuar de un modo que muestre integridad, afirme el valor del uno mismo, demuestre un sentido desarrollado de responsabilidad moral, se corresponde con la realidad, y tenga en mente lo mejor para cada una de las partes involucradas.

Esta idea errada hace a las jóvenes preocuparse más por ser percibidas como “agradables”, que por ser maduras y piadosas realmente. Lo que va en contra, algo irónico, de la idea del versículo que se cita en apoyo, I Pedro 3:3-4, que exhorta a las mujeres a cultivar el vestido “interno, el del corazón”; o sea: la realidad que existe aparte de las percepciones exteriores. No importa cómo seas percibida, si no has desarrollado una verdadera “persona interior”, para empezar.

La gestión de la imagen tiene efectos devastadores. Por la creencia de que siempre deben mantener cierto nivel de “buenidad”, he visto niñas que se someten a hombres presionadores, porque sienten que “sobrerreaccion” si les dicen a ellos que están yendo demasiado lejos. He visto chicas que se quedan en relaciones dañinas, de las que llevan a conductas impías, porque no quieren “caer pesadas” al defenderse a sí mismos, o a otras personas. He visto a gente hacer cosas que ahora lamentan haber hecho, porque se sentían percibidas como “juzgando” al defender sus convicciones.

Creo que con cierta evaluación es obvio que son ideas retorcidas sobre la feminidad, pero son muy frecuentes, y muy potentes en sus consecuencias; así que hay que darles un parado.

Autogestión o Gestión del Yo

Una vez, en reunión con un mentor, le hablé de algunas tensiones con un amigo que estaba luchando por navegar con integridad. ¿Estaba yo haciendo lo correcto? ¿Voy a quedar como una pesada? ¿O como muy “juzgona”? ¿Qué debo hacer? Ya habíamos hablado el asunto, pero yo andaba en círculos: sabía lo que estaba bien y correcto, pero odiaba ser vista como “la mala de la película.”

Me dijo: “Joy, estás tratando de manejar tu imagen; y eso no va a funcionar. Debes buscar a Dios, buscar la sabiduría de los demás, y hacer lo que veas bien. No puedes tener control sobre lo que otras personas van a pensar de ti; así que debes confiarle tu integridad a Dios”.

Sus palabras de ese día han seguido conmigo desde entonces. Una realidad a veces frustrante de la vida, es que no puedes controlar las acciones, sentimientos o percepciones de los otros. Puedes, sin embargo, gestionar TUS propias acciones, sentimientos y percepciones. Digo “gestionar”, no “controlar”, porque los seres humanos somos complicados, incluso, a veces, con nosotros mismos. En vez de tratar todo el tiempo de estar en control, hemos de aprender a sujetarnos a Dios y a los otros, de una manera que nos ayude a gestionar estratégicamente nuestros pecaminosos “Egos”.

Esto no quiere decir tomar imprudentemente una actitud de franqueza descortés, sino aprender a entender nuestras emociones, manejar nuestras reacciones, para actuar con integridad.

¿Y cómo empezar la transición a una vida de autogestión en vez de “gestión de imagen”? Pues yo quiero madurar como mujer, por eso quiero vivir en busca de la mansedumbre, la piedad, la sabiduría y el amor, más en mi “ser interior”, que en las percepciones de los otros. Pienso en ello como un ejercicio en el ser:

— Quiero ser sabia, por eso quiero rodearme de gente sabia, invertir en las Escrituras y los libros.

— Quiero discernir, aprendiendo de mis errores del pasado, creciendo en mi auto-comprensión, más allá de los sentimientos que fueron sus causas.

— Y quiero ser amable con los demás, aprendiendo a valorar a las personas, tratando de conocer su historia, pidiendo a Dios que de forma a mi corazón con amor, y practicando la bondad real, basada en integridad, no en gestión de imagen.

Con cada experiencia, cada devocional mañanero, cada conversación que tenga o libro que lea, espero desarrollar un marco de cómo actuar y reaccionar, tomar gran cantidad de sabiduría, y tener un corazón enseñado a dar respuesta en el amor.

“Linda” no es suficiente. Cuando nos exigimos ser “lindas”, sólo vamos tras la sombra de las mujeres que podríamos llegar a ser. Viendo crecer y florecer este año a las chicas de mi piso, me he convencido por completo de la belleza y el poder que Dios tiene en mente para el corazón plenamente madurado de una mujer a la que ama. Debemos redefinir nuestra comprensión de lo que es ser suave y femenina, buscando el magnífico y verdadero diseño de Dios. Espero que como mujeres nos recordemos siempre a nosotras mismos esa plenitud, y sin conformarnos jamás con una imagen más pequeña y más débil.

“Fuerza y honor son su vestidura; y se ríe de lo por venir. Abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua.” Proverbios 31:25-26.