Él es Quien ganó la victoria de Sus enemigos los demonios
y los trofeos de los idólatras aun antes de Su aparición
corporal – es decir, a todos los paganos quienes en cada
región habían renegado de la tradición de sus padres y de
la falsa adoración de los ídolos y que ahora están poniendo su
esperanza en Cristo y transfiriendo su lealtad a
Él. Esto está sucediendo delante de nuestros ojos,
aquí en Egipto y por lo tanto otra profecía se ha cumplido,
porque en ningún otro tiempo los egipcios han desistido
de su falsa adoración a no ser cuando el Señor de todos,
cabalgando en una nube, descendió en el cuerpo y
redujo el error de los ídolos a nada y triunfó sobre
todos para Él y a través de Él mismo para el
Padre. Él es Quien fue crucificado con el sol y
la luna de testigos y por medio de Su muerte, la salvación ha
venido a todos los hombres y toda la creación ha sido redimida.
Atanasio, En la Encarnación [37]

 Parte 7 – LA NUBE ARDIENTE

Lo que era lo más importante acerca del Jardín – en realidad, aquello que lo hacía un Jardín del todo – era la presencia de Dios con Su pueblo. Para poder comprender esto correctamente, empezaremos nuestro estudio de este capítulo con la revelación de la presencia de Dios al pueblo del pacto, Israel, y después trabajaremos tanto hacia atrás al Edén y hacia adelante a la Iglesia.
Dios reveló Su presencia a Su pueblo en la Nube de Gloria. La Nube funcionaba como un tipo de “casa rodante” para Dios – Su carro de fuego por medio del que hacía conocer Su presencia a Su pueblo. La Nube servía como una guía para Israel, dándoles luz en la obscuridad y sombra en el calor (Éxodo 13:21-22; Salmos 105:39), pero trayendo juicio al malvado (Éxodo 14:19-25). En Sinaí, la Nube estaba acompañada por truenos, luz, fuego, humo y un terremoto (Éxodo 19:16-20) y estaba llena de innumerables ángeles (Deuteronomio 33:2; Salmos 68:17). La Nube no es inferior a una revelación del Cielo invisible, donde Dios está sentado en Su trono de gloria, rodeado por Su corte y consejo celestial (Éxodo 24:9-15; Isaías 6:1-4) y del cual Él le habla a Moisés (Éxodo 33:9; Salmos 99:7).

Cuando el Tabernáculo fue completado, la Nube entro en él y lo lleno con la gloria de Dios (Éxodo 40:34-38; 2 Crónicas 5:13-14) y el fuego brotó de ella para consumir los sacrificios (Levítico 9:23-24). El profeta Ezequiel miró arriba a través de la Nube (Ezequiel 1) y vio fuego, relámpagos y creaturas aladas volando debajo de un “firmamento” – el “pavimento” o “el mar de cristal” que está alrededor de la base del trono de Dios (Éxodo 24:10; Apocalipsis 4:6) – y alrededor del trono estaba la Gloria en la forma de un arcoíris (Ezequiel 1:28; Génesis 9:12-17; Apocalipsis 4:3; 10:1).

La Voz del Señor

Mientras que existen muchos fenómenos asociados con la Nube (la mayoría enlistados en Salmos 18:6-15), quizás la característica más impactante es el ruido o la voz peculiar e inconfundible: virtualmente cada encuentro lo menciona. Dependiendo de la situación, puede sonar como un viento, trueno, torrente de agua, un grito, una trompeta (o muchas trompetas), un ejército marchando, el ruido de las ruedas de un carruaje atravesando los cielos o el aleteo y golpeteo de alas (ver los pasajes ya citados; también (Ezequiel 3:12-13; 10:1-5; 2 Samuel 5:24; 2 Reyes 7:5-7); y Ezequiel nos dice que, de hecho, el sonido tiene su origen en el golpeteo de las alas de los ángeles (Ezequiel 1:24; 3:12-13). Considera la siguiente descripción siete veces de la Voz desde la Nube:

Voz del Señor sobre las aguas.
¡Truena el Dios de gloria:
el Señor sobre las muchas aguas!
Voz del Señor con potencia;
voz del Señor con gloria.
Voz del Señor que quiebra los cedros;
¡quiebra el Señor los cedros del Líbano!
Los hace saltar como becerros;
al Líbano y al Sirión como hijos de toros salvajes.
Voz del Señor que derrama llamas de fuego;
Voz del Señor que hace temblar el desierto;
¡hace temblar el Señor el desierto de Cades! (Números 16:19-33)
Voz del Señor que desgaja las encinas
y desnuda los bosques.
En Su Templo todo proclama Su “Gloria” (Salmos 29:3-9).

Fue esta Voz una que aturde el oído, un rugir que estremece la tierra – la que Adán y Eva escucharon en su último día en el Jardín: “Luego oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el huerto… y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto” (Génesis 3:8; este es un texto importante y lo vamos a considerar con más detalle más adelante en el capítulo).

 La Sombra del Omnipotente

Es importante reconocer que la Nube es una teofanía, una manifestación visible de la presencia entronada de Dios a Su pueblo de pacto. En realidad, el Antiguo Testamento muchas veces utiliza el término Espíritu como un sinónimo para la Nube, atribuyendo las mismas funciones a ambos (Nehemías 9:19-20; Isaías 4:4-5; Joel 2:28-31; Hageo 2:5). El ejemplo más revelador de esta equivalencia de Dios y la Nube es donde Moisés describe la salvación de Israel en el desierto en términos de un águila revoloteando o aleteando sobre su polluelo (Deuteronomio 32:11). ¿Cómo “aletea” Dios sobre Israel? ¿Por qué continuamente el Salmista busca refugio al abrigo de las “alas” de Dios? (ejem. Salmos 36:7; 57:1; 61:4; 91:4) Con certeza, Dios no tiene alas. Pero Sus ángeles sí – y la revelación especial de la presencia salvadora de Dios que juzga y protege, era por medio de la Gloria-Nube que contiene “muchos miles de ángeles” (Salmos 68:17; 2 Reyes 6:17): “Con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro…pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos (Salmos 91:4, 11).

Ahora bien, lo más fascinante acerca de la declaración de Moisés en Deuteronomio 32:11 – Dios “aleteando” sobre Su pueblo por medio de la Nube – es que Moisés utiliza aquella palabra Hebrea sólo en otra ocasión en todo el Pentateuco, cuando nos dice que “la tierra estaba desordenada y vacía… y el Espíritu de Dios se estaba moviendo sobre la faz de las aguas” (Génesis 1:2).

Tampoco significa que sea el único paralelo entre estos dos pasajes; porque en Deuteronomio 32:10 Moisés describe el desierto a través del cual el pueblo estaba viajando como un desperdicio la misma palabra que es traducida como sin forma en Génesis 1:2 (y una vez más, estás son las dos únicas apariciones de la palabra en el Pentateuco). Lo que Moisés está diciendo entonces – y este hecho fue seguramente comprendido por los lectores Hebreos – es que la salvación de Dios de Su pueblo a través del Éxodo fue una recreación de la historia de la Creación: Al salvar a Israel, Dios estaba haciendo de ellos una Nueva Creación. Como en el principio, el Espíritu-Nube revoloteaba sobre la creación, trayendo luz a las tinieblas (Génesis 1:3; Éxodo 14:20; Juan 1:3-5) y guiándolos al Sabbat-descanso en la Tierra Prometida, el Nuevo Edén (Génesis 2:2-3; Deuteronomio 12:9-10 y Salmos 95:11, donde la tierra es llamada un reposo).

Así es que, la recreación de Dios de Su pueblo para traerlos a la comunión con Él en la Montaña Santa fue atestiguada por la misma manifestación de Su presencia creativa que estaba ahí en la Creación original, cuando el Espíritu arqueó gloriosamente Su dosel sobre la tierra. El luminoso resplandor de la Nube-dosel fue también la base para la señal del arcoíris que Noé vio en el Monte de Ararat, afirmándole la fidelidad del pacto de Dios (Génesis 9:13-17). La gloria de la Nube-dosel de Dios, arqueada sobre una montaña, es una señal repetida en la Escritura de que Dios está con Su pueblo, creándolos de nuevo, restaurando Su obra al estado original del Edén y llevando adelante la creación a Su meta asignada.

Una promesa básica de la salvación es dada en Isaías 4:4-5: “Cuando el Señor lave la inmundicia de las hijas de Sión y limpie a Jerusalén de la sangre derramada en medio de ella, con Espíritu de juicio y con Espíritu de devastación. Y creará el Señor sobre toda la morada del monte Sión y sobre los lugares de sus asambleas, nube y oscuridad de día, y de noche resplandor de llamas de fuego. Y sobre todo, la gloria del Señor, como un dosel.” Esta Nube-dosel de la presencia de Dios, llena de alas de ángeles, es llamada pabellón, una cubierta (2 Samuel 22:12; Salmos 18:11; Lamentaciones 3:44; Salmos 91:4). Y esta es la razón por la que la palabra cobertura es utilizada para describir la posición del querubín tallado que fue colocado sobre el Arca del Pacto (Éxodo 25:20). Por lo tanto, es de gran importancia que esta palabra Hebrea es el término traducido como cabinas o tabernáculos cuando Dios le mandó a Su pueblo que levantaran cabinas de ramas con hojas para habitar en ellas durante la Fiesta de los Tabernáculos (Levítico 23:34, 42-43); como hemos visto, esta fiesta era un recordatorio del Edén, una representación simbólica del hecho de que la salvación nos restaura las bendiciones Edénicas.

Así es que, el Jardín del Edén sirvió como un Tabernáculo-Templo, una pequeña réplica del Templo más grande y del Palacio de Dios en el que los “cielos” son Su trono y la “tierra” es el estrado de Sus pies (Génesis 1:1; Isaías 66:1) – los cielos invisibles junto con el universo visible constituyendo Su gran Templo cósmico. Poniendo una atención más detallada a la arquitectura del Tabernáculo y del Templo, revelará que estos fueron moldeados como copias, no sólo del Jardín del Edén, sino también del Templo celestial original: la Nube-dosel (Hebreos 8:5; 9:11, 23-24).

Bajo la protección de la alada Nube-dosel, la responsabilidad del hombre era cumplir el “mandato cultural,” para “llenar la tierra y sojuzgarla” (Génesis 1:28). En una obediencia que imita a su Padre Celestial, el hombre debía remodelar, comprender, interpretar y gobernar el mundo para la gloria de Dios – en resumen, construir la Ciudad de Dios.

Una simple restauración del Edén nunca será todo lo que involucra la salvación, así como no era el plan de Dios para Adán y su posteridad simplemente permanecer en el Jardín. Ellos iban a ir a todo el mundo, trayendo el potencial creado de la tierra a su fructificación plena. El Jardín del Edén era un cuartel general, un lugar desde donde empezar. Pero el gobierno divino del Rey Adán debía abarcar al mundo entero. De este modo, el trabajo del Segundo Adán no es sólo para reparación (traer de regreso el Edén) sino para consumación: Él trae al mundo a la Nueva Jerusalén.

El Paraíso: Restaurado y Consumado

A lo largo de toda la historia redentora, cuando Dios llamó a Su pueblo al Paraíso restaurado, los trajo dentro de Su Ciudad. Nosotros podemos ver esto en el contraste entre los rebeldes y autónomos reconstructores de la ciudad de Génesis 11 y Abraham, quien viajó a la Tierra Prometida “porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10); y la Escritura asegura que la comunidad del Nuevo Pacto “se ha acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial” (Hebreos 12:22).

En la visión final de Apocalipsis, a Juan le es mostrado el cumplimiento del mandato cultural, la restauración completa y la consumación de Edén: “Me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto y me mostró la gran ciudad, la santa Jerusalén, que descendía del cielo de parte de Dios. Tenía la gloria de Dios” (Apocalipsis 21:10-11; 1 Reyes 6:20): no hay un Templo dentro de la Ciudad, porque la Ciudad en sí es el santuario interno (Efesios 2:19-22); y al mismo tiempo, “el Señor Dios Todopoderoso es su templo, y el Cordero” (Apocalipsis 21:22). La ciudad está iluminada con la gloria brillante de Dios, alumbrando a las naciones (Apocalipsis 21:11-27) y a través de sus calles principales fluye el Río de la Vida, como fluía originalmente desde el Jardín del Edén (Apocalipsis 22:1-2) “y no habrá más Maldición” (Apocalipsis 22:3). Es más, no debemos considerar esta visión como totalmente para el futuro, porque nuestro Señor ha dicho bastante de lo mismo acerca de nosotros en esta época: “Ustedes son la luz del mundo; una Ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder… Así alumbre su luz delante de los hombres…” (Mateo 5:12-16).

De muchas otras maneras, es tomada la imagen Edénica y expandida en el Nuevo Testamento, que registra el cumplimiento de las promesas de la Nueva Creación en Cristo. Un pasaje obvio, por supuesto, es el prólogo de Juan (Juan 1:1-18), que inicia donde el Génesis lo hace: “En el principio.” Vemos los mismos conceptos – la Palabra, creación, vida, la luz brillando en la obscuridad y venciéndola, y Juan dice de Cristo que Él habitó (literalmente, tabernaculizó) entre nosotros y vimos Su gloria” (Juan 1:14; Éxodo 40:34). El punto de Juan aquí es demostrar que Jesucristo es la revelación completa de la presencia de Dios con Su pueblo (Mateo 1:23)

No obstante, el evangelio completo de Juan está construido en las imágenes del Antiguo Testamento. Por ejemplo, el pasaje después de su Prólogo (Juan 1:19-2:11) contiene una sutil estructura de siete días que buscaba recordarnos los siete días originales de la creación (así como los numerosos paralelismos del Antiguo Testamento). En el primer día, Juan el Bautista aparece como “una voz del que clama en el desierto” (1:23; Génesis 1:2-3). El siguiente día, cuando Jesús es bautizado (bautismo es la recapitulación de dos eventos recreativos del Antiguo Testamento: el Diluvio (1 Pedro 3:20-21) y el cruzar del Mar Rojo (1 Corintios 10:1-2), el Espíritu desciende con alas, revoloteando y aleteando sobre las aguas de la Nueva Creación – y viene como una paloma, el mensajero alado que anunció a Noé la recreación del mundo (1:32-33; Génesis 8:11). El pasaje continua con otras imágenes de la creación y termina en el séptimo día con Jesús asistiendo a una boda y convirtiendo el agua (Génesis 1:2) en vino – el mejor vino (Juan 2:1-11). La bendición es superabundante, más de lo que se necesita (aproximadamente 565 litros), como un precursor de las bendiciones prometidas en el Jardín que vendrían a través de Él (Génesis 49:10-12; Isaías 25:6; Amós 9:13-14; Jeremías 33:10-11). Justo antes de hacer esto, menciona la hora de Su muerte – porque esa era Su sangre derramada, el vino de la comunión, que provee las bendiciones: Edén es inaccesible separados de la Expiación. Y así, por este milagro en el Séptimo Día, Jesús “manifestó Su gloria” (Juan 2:11) – así como Dios lo había hecho por medio de Su entronización en la Nube en el primer Sabbat.

Pero cuando Dios está sentado descansando sobre Su trono, se sienta como Juez, examinando Su Creación-Templo y cuando encuentra maldad adentro, Él la limpia, desterrando a los delincuentes (Génesis 3:24). De manera similar, el siguiente evento en el Evangelio de Juan muestra al Señor evaluando el Templo y viniendo en Juicio en contra de aquellos que lo contaminaron (Juan 2:12-22). (El Sabbat es cuando nosotros nos presentamos delante del trono de juicio de Dios para ser examinados y si somos aprobados, entramos en Su descanso (Hebreos 3-4). La gente en el Templo en su Sabbat eran culpables y Él los desterró en una manifestación aterradora – y ruidosa – de juicio: una imagen del primero y los últimos Días del Señor (ver el capítulo 15). Entonces Él declaró que Su cuerpo – Él mismo personalmente y Su Cuerpo la Iglesia – eran el Templo verdadero (Juan 2:18-22), porque la resurrección física del cuerpo de Cristo es el fundamento para que Su pueblo sea constituido como el Templo (Efesios 1:20; 2:5-6, 19-22; 1 Corintios 3:10-11, 16-17).

Como el Templo de Dios, la Iglesia es nuevamente admitida en el Edén y llenada con el Espíritu y la gloria de Dios (Éxodo 40:34; Números 9:15; Joel 2:28-31; Hechos 2:1-4, 16-21). La Iglesia es el nuevo Jardín-Templo de Dios, restaurado al mandato original de Dios para el hombre: tener dominio sobre la tierra, expandiendo el Jardín hasta que cubra todo el mundo. Al rehacernos a Su imagen, Dios nos ha dado Su presencia. Él ha establecido su residencia en Su Templo y ha prometido estar con nosotros mientras que cumplimos Su mandato hasta lo último de la tierra (Mateo 28:18-20).

Del Río sus corrientes alegran la ciudad de Dios,
El santuario de las moradas del Altísimo.
Dios está en medio de ella; no será conmovida.
Dios la ayudará al clarear la mañana (Salmos 46:4-5).

Todo ser viviente que nade por dondequiera que entren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado estas aguas allá, pues serán purificadas. Vivirá todo lo que entre en este río… Y junto al Río, en la ribera, a uno y otro lado, crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas nunca caerán ni faltará su fruto. A su tiempo madurará, porque sus aguas salen del santuario. Su fruto será para alimento y su hoja para medicina (Ezequiel 47:9-12).

Aquí puedes leer el libro completo del el Paraíso Restaurado.