Entonces, ¿Qué tenía que hacer Dios? ¿Qué otra cosa podía hacer, siendo Dios, sino renovar Su imagen en la humanidad, para que a través de esta el hombre una vez más pudiera llegar a conocerlo? Y ¿cómo podía hacerse esto excepto por medio de la venida de la misma Imagen de Sí mismo, nuestro Salvador Jesucristo? Los hombres no podían haberlo hecho, porque ellos sólo están hechos conforme a la Imagen; tampoco los ángeles lo podían haber hecho, porque ellos no son las imágenes de Dios. La Palabra de Dios vino en Su propia Persona, porque sólo Él era la Imagen del Padre, Quien podía recrear al hombre conforme a la Imagen. Para poder llevar a cabo esta recreación, sin embargo, Él primero tenía que quitar la muerte y la corrupción. Por lo tanto, Él asumió un cuerpo humano, para que en este la muerte pudiera de una vez y para siempre ser destruida y para que los hombres pudieran ser renovados conforme a la Imagen.

Atanasio, En la Encarnación [13]

EL JARDÍN Y EL HORRIBLE DESIERTO

Cuando Dios creó a Adán, Él lo puso en una tierra y le dio dominio sobre esta. La tierra es básica para el dominio, por lo tanto, la salvación involucra una restauración de la tierra y la propiedad. Al anunciar Su pacto a Abram, el primer enunciado que Dios habló fue una tierra prometida (Génesis 12:1) y Él cumplió completamente esa promesa cuando salvó a Israel (Josué 21:43-45). Esta es la razón por la cual la ley Bíblica está llena de referencias a la propiedad, la ley y la economía, y esta es la razón por la que la Reforma hizo mucho hincapié en este mundo, así como en el venidero. El hombre no es salvo por medio de ser librado de su medio ambiente. La salvación no es rescatarnos del mundo material, sino del pecado y de los efectos de la Maldición. El ideal Bíblico es que todo hombre posea una propiedad – un lugar donde puede tener dominio y gobernar debajo de Dios. Las bendiciones del mundo Occidental han venido por causa del Cristianismo y la libertad resultante que los hombres han tenido en el uso y desarrollo de la propiedad y el cumplimiento de sus llamados bajo el mandato de dominio de Dios. El capitalismo – el libre comercio – es un producto de la ley Bíblica, en el cual la prioridad máxima es puesta en la propiedad privada y el cual condena el robo de todo tipo (incluyendo el robo por medio del Estado). Para los incrédulos economistas, profesores y oficiales del gobierno, es un misterio el por qué el capitalismo no puede ser exportado. Considerando lo obvio, probando la superioridad del mercado libre en elevar el estándar de vida de todas las clases, ¿por qué las naciones paganas no implementan el capitalismo en sus estructuras sociales? La razón es esta: La libertad no puede ser exportada a una nación que no tiene un lugar para el Evangelio. Las bendiciones del Jardín no pueden ser obtenidas separadas de Jesucristo. La Regla de Oro que se suma a la ley y los profetas (Mateo 7:12) – es el fundamento ético inescapable para el libre comercio y su ética es imposible separada de la obra del Espíritu Santo, quien nos capacita para mantener los requerimientos justos de la ley de Dios (Romanos 8:4). Todas las culturas paganas han sido estatistas y tiránicas, porque una persona que rechaza a Dios se rendirá y rendirá su propiedad a un dictador (1 Samuel 8:7-20). Hombres no piadosos quieren las bendiciones del Jardín, pero intentan poseerlas por medios ilícitos, como Acab lo hizo con la viña de Nabot (1 Reyes 21:1-16) y el resultado es, como siempre, destrucción (1 Reyes 21:17-24). La posesión libre y genuina de tierra es el resultado de la salvación: Dios trajo a Su pueblo a la tierra y la dividió entre ellos como herencia (Números 26:52-56) y, como lo había hecho en el Edén, Él reguló la tierra (Levítico 25:4) y los árboles (Levítico 19:23-25; Deuteronomio 20:19-20). Como lo hemos visto, cuando Dios alejó a Adán y Eva de su tierra, el mundo empezó a convertirse en un desierto (Génesis 3:17-19). Desde este punto la Biblia empieza a desarrollar un tema Tierra vs. Desierto, en el que los redimidos, gente obediente a Dios son vistos heredando una tierra que es segura y abundante, mientras que los desobedientes son maldecidos al ser echados fuera al desierto. Cuando Caín fue juzgado por Dios, se quejó: “Hoy me echas de la tierra, y habré de esconderme de tu presencia, errante y extranjero en la tierra;” (Génesis 4:14). Y estaba en lo correcto, como la Escritura lo registra: “Salió, pues, Caín de delante del Señor y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén” (Génesis 4:16). Nod significa Errante: Caín se convirtió en el primer nómada, un errante sin hogar y sin destino. De manera similar, cuando todo el mundo se volvió malvado, Dios dijo: “Borraré de la faz de la tierra a los hombres que he creado” (Génesis 6:7) y así lo hizo por medio del Diluvio – dejando solo a Noé y su familia vivos en el arca (la cual Dios reposó, incidentalmente, en una montaña Génesis 8:4). Los impíos fueron expulsados de la tierra y el pueblo de pacto la repobló. Una vez más los impíos trataron de reconstruir su propio “Jardín,” la torre de Babel. Ellos buscaban hacerse un nombre – para definirse a sí mismos en términos de sus propios estándares rebeldes  – y para cuidarse de no ser dispersados en la tierra (Génesis 11:4). Pero el hombre no puede construir el Jardín bajo sus propios términos. Dios es el que Define y Él es el único que nos puede dar seguridad. El intento mismo del pueblo de Babel de prevenir su destrucción en realidad se las trajo. Dios confundió sus idiomas – tanto para ponerle “nombre” ¡a nada! – y los disperso de su tierra (Génesis 11:8-9). En contraste, el mismo capítulo siguiente registra el pacto de Dios con Abraham, en el que le promete llevar a Abram a la tierra y hacer su nombre grande (Génesis 12:1-2). Como una garantía adicional y recordatorio de Su pacto, Dios aún le cambió el nombre a Abram por el de Abraham, en términos del su llamado predestinado. Dios es quien nos Define: “llama las cosas que no son como si fueran” (Romanos 4:17). De esta manera, cuando somos bautizados en el Nombre de Dios (Mateo 28:19), somos redefinidos como el pueblo vivo de Dios, libres en Cristo de nuestra muerte en Adán (Romanos 5:12-6:23). La circuncisión llevó a cabo la misma función en el Antiguo Testamento, la cual es la razón por la que los niños recibían oficialmente su nombre cuando eran circuncidados (Lucas 2:21). En la salvación, Dios nos regresa al Edén y nos da un nombre nuevo (Apocalipsis 2:17; Isaías 65:13-25). Cuando el pueblo de Dios se vuelve desobediente como lo eran, justo antes de entrar a la Tierra Prometida, Dios les castigó  haciéndolos vagar en el Desierto, hasta que la generación completa de los desobedientes fuera eliminada (Números 14:26-35). Después de esto Dios regresó y salvó a Su pueblo de la “horrible soledad de un desierto” (Deuteronomio 32:10) y los llevó a la tierra donde fluye leche y miel (otro sutil recordatorio del Edén, por cierto: la leche es una forma más nutritiva que el agua y la miel viene de los árboles). El pueblo obediente de Dios nunca ha sido nómada – en lugar de eso, ellos se caracterizan por la estabilidad y por tener dominio. La verdad es que, la Biblia si nos llama peregrinos (Hebreos 11:13; 1 Pedro 2:11), pero ese es el meollo del asunto: somos peregrinos no vagabundos. Un peregrino tiene un hogar, un destino. En la redención Dios nos salva de estar vagando y nos reúne en una tierra (Salmos 107:1-9). Un pueblo esparcido y sin hogar no puede tener dominio. Cuando los Puritanos dejaron Inglaterra, ellos no vagaron por la tierra, Dios los llevó a una tierra y los hizo gobernantes y a pesar de que el fundamento que construyeron ha sido erosionado grandemente, todavía hay con nosotros mucho después de 300 años. (¿Qué dirá la gente de aquí a 300 años acerca de los logros del evangelismo actual, superficial y retrograda?) La gente se vuelve nómada sólo a través de la desobediencia (Deuteronomio 28:65). Mientras que la Maldición opera en la historia, mientras que la civilización apostata, el nomadismo se esparce y el desierto aumenta. Y, mientras que la Maldición se esparce, el agua se seca. Desde la Caída, la tierra ya no es regada principalmente por manantiales. En lugar de eso, Dios nos envía agua mediante la lluvia (la lluvia es mucho más fácil de activar y desactivar en cualquier momento que hacerlo con los manantiales y los ríos). El retener el agua – volviendo la tierra en un desierto seco – se relaciona bastante con la Maldición (Deuteronomio 29:22-28). La Maldición también es descrita en términos del pueblo desobediente como siendo desarraigados de la tierra (Deuteronomio 29:28), a diferencia de Dios plantando a Su pueblo en la tierra (Éxodo 15:17). Dios destruye las raíces de una tierra y la gente cortándoles el suministro de agua: la sequía se considera en la Escritura como uno de los medios  de castigo (efectivo) a nivel nacional. Cuando Dios hace cesar el agua, Él vuelve la tierra en todo lo puesto al Edén. La historia de Sodoma y Gomorra es un tipo de la  historia del mundo encapsulada referente a eso. Una vez que se describe como parecida al Jardín del Edén en su belleza y abundancia (Génesis 13:10), se convierte a través del juicio de Dios en “Azufre y sal, abrasada está toda su tierra; no será sembrada ni producirá, ni crecerá en ella hierba alguna” (Deuteronomio 29:23). Sodoma y Gomorra estaban en el área que ahora es conocida como el Mar Muerto – y es llamado Muerto por una buena razón: nada puede vivir en él. Los depósitos químicos (sal, potasio, magnesio y otros) componen hasta el 25% del agua como resultado del juicio de Dios sobre la tierra. Excepto por el lugar donde el agua desemboca (y unos pocos manantiales aislados en el área), la tierra está completamente árida. Esto es ahora la cosa más lejanamente imaginable del Edén y nos sirve como un cuadro del mundo después de la Maldición: Edén se ha convertido en un Desierto. Pero eso no es todo lo que se nos ha dicho con respecto a esta área. En la visión de Ezequiel del Templo restaurado (también en una montaña; Ezequiel 40:2),  él ve el Agua de la Vida fluyendo del este desde el umbral hacia el Mar Muerto y sanando las aguas, dando como resultado “una gran cantidad de peces” y de crecimiento exuberante (Ezequiel 47:8-12). No debemos mirar al mundo con ojos que solo vean la Maldición, debemos mirarlo con los ojos de la fe, alumbrados por la Palabra de Dios para ver al mundo como la arena de Su triunfo. La historia no termina con el Desierto. La historia del mundo será, en una escala masiva, aquella de Sodoma: primero un Jardín, hermoso y fructífero; después corrompida en un Desierto de Muerte a través del pecado y finalmente restaurada por la gracia de Dios a su forma de abundancia Edénica. “Se alegrarán el desierto y el erial; la estepa se gozará y florecerá como la rosa” (Isaías 35:1).

Los afligidos y necesitados buscan las aguas, pero no las encuentran; seca está de sed su lengua. Yo, el Señor los oiré; yo, el Dios de Israel, no los desampararé. En las alturas abriré ríos y fuentes en medio de los valles; abriré en el desierto estanques de aguas y manantiales de aguas en la tierra seca. Haré crecer en la estepa cedros, acacias, arrayanes y olivos; pondré en la tierra árida cipreses, olmos y bojes juntamente, para que vean y conozcan, y adviertan y entiendan todos que la mano de Jehová hace esto, que el Santo de Israel lo ha creado (Isaías 41:17-20).

Entonces, esta es la dirección de la historia, en lo que puede llamarse “el Primer Rapto” – Dios gradualmente desenraizando a los incrédulos y a las culturas incrédulas de la tierra y llevando a Su pueblo a la completa herencia de la tierra. No estoy negando, por supuesto, que la enseñanza Bíblica de que el pueblo de Dios algún día se encontrará con el Señor en el aire, en Su regreso (1 Tesalonicenses 4:17); sino que la doctrina moderna del “Rapto” muchas veces es una doctrina de/luz del mundo, en la que los Cristianos son enseñados a anhelar escapar del mundo y de sus problemas, en lugar de anhelar lo que la Palabra de Dios nos promete: el Dominio. Qué común es escuchar a los Cristianos decir, cuando enfrentan algún problema: “¡Espero que el Rapto sea pronto!” – en lugar de decir: “¡Vamos a trabajar en una solución ahora mismo!” Aun peor es la respuesta que también es muy común: “¿A quién le importa? ¡Nosotros no tenemos que hacer nada al respecto, porque de todos modos el Rapto ya viene pronto!” Y la peor de todas es la actitud que sostiene que todo el trabajo para mejorar el mundo está totalmente mal, porque “¡mejorar la situación solo va a retrasar la Segunda Venida!” Una buena parte de la doctrina moderna del Rapto debería reconocerse por lo que realmente es: un error peligroso que está enseñando al pueblo de Dios a esperar la derrota en lugar de la victoria. De hecho, una cosmovisión evangélica muy común es que “la tierra es del diablo  y su plenitud” – que el mundo le pertenece a satanás y que los Cristianos sólo pueden esperar la derrota hasta que el Señor regrese. Y esa es precisamente la mentira que satanás quiere que los Cristianos crean. Si el pueblo de Dios piensa que el diablo está ganando, hace que su trabajo sea mucho más fácil. ¿Qué haría si los Cristianos dejaran de retirarse y empezaran a avanzar en contra de él? Santiago 4:7 nos dice lo haría: ¡huiría de nosotros! Así que, ¿por qué no está huyendo el diablo de nosotros en esta época? ¿Por qué están los Cristianos a la merced de satanás y sus sirvientes? ¿Por qué los Cristianos no están conquistando reinos con el Evangelio, como lo hacían en el pasado? ¡Porque los Cristianos no están resistiendo al diablo! Peor aún, les han  dicho sus pastores y líderes que no resistan, sino que ¡mejor se retiren! Los líderes Cristianos han puesto de cabeza Santiago 4:7 y le están dando apoyo y comodidad al enemigo porque de hecho, están diciéndole al diablo: “¡Resiste a la Iglesia y nosotros huiremos de ti!” Y satanás les está tomando la palabra. Así que cuando los Cristianos se ven a sí mismos perdiendo en cada frente, ellos toman esto como una “prueba” de que Dios no le ha prometido darle dominio a Su pueblo. Pero la única prueba de que Santiago 4:7 es verdad, después de todo, incluyendo su “reverso” – es decir, si tu no resistes al diablo, él no huirá de ti. Lo que debemos recordar es que Dios no “rapta” a los Cristianos fuera del mundo para poder escapar del conflicto – ¡Él “rapta” a los no-Cristianos! El Señor Jesús oró, de hecho, para que no fuéramos “raptados”: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal (Juan17:15). Y este es el mensaje constante de la Escritura. El pueblo de Dios va a heredar todas las cosas y los impíos serán desheredados y sacados de la tierra. “Porque los rectos habitarán la tierra y los íntegros permanecerán en ella. En cambio, los malvados serán eliminados de la tierra, y de ella serán arrancados los prevaricadores (Proverbios 2:21-22). “El justo jamás será removido, pero los malvados no habitarán la tierra” (Proverbios 10:30). Dios describió la tierra de Canaán cono habiendo estado “contaminada” por los pecados abominables de la población pagana, diciendo que la tierra misma “vomitaba a sus habitantes” y Él advierte a Su pueblo que no imite esas abominaciones paganas, “no sea que la tierra los vomite también” (Levítico 18:24-28; 20:22). Utilizando el mismo lenguaje Edénico, el Señor advierte a la iglesia de Laodicea en contra del pecado y le amenaza: “Te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16). En Su parábola del trigo (los piadosos) y la cizaña (los impíos) – y notando la imagen Edénica aun en Su elección de las ilustraciones – Cristo declara que Él juntará primero la cizaña para destruirla, el trigo será “raptado” después (Mateo 13:30). “La riqueza del pecador está guardada para el justo”  (Proverbios 13:22). Este es el patrón básico de la historia de cómo Dios salva a Su pueblo y les da dominio. Esto es lo que Dios hizo con Israel: al salvarlos, Él los trajo  a tierras ya establecidas y ellos heredaron las ciudades que ya habían sido construidas (Salmos 105:43-45). Dios si bendice a los paganos, en un sentido – sólo para que elaboren su propia condenación, mientras que construyen una herencia para los santos. (Génesis 15:16; Éxodo 4:21; Josué 11:19-20). Entonces Dios los aplasta y entrega el fruto de su labor a Su pueblo. Esta es la razón por la que no necesitamos impacientarnos por los malvados, porque nosotros heredaremos la tierra (Salmos 37). La palabra Hebrea para salvación es yasha, que significa traer a un lugar abierto, grande y amplio y en la salvación Dios hace precisamente eso: Él nos da el mundo y lo convierte en el Jardín del Edén.

Aquí puedes leer el libro completo del el Paraíso Restaurado.