Él era como aquellos enviados por el padre de familia
a recibir los frutos del viñedo del esposo,
porque exhortó a todos los hombres a rendir frutos.
Pero Israel lo despreció y no dio frutos, porque su voluntad
no era correcta, es más mataron a los enviados
y ni siquiera delante del Señor del viñedo sintieron vergüenza
sino que aun Él fue muerto por ellos.
En verdad, cuando Él vino y no encontró fruto en ellos,
los maldijo a través de la higuera diciendo: “¡Nunca jamás nazca de ti fruto!” (Mateo 21:19) y la higuera se secó y no tenía fruto de tal manera que aun los discípulos se asombraron cuando se secó.
Después se cumplió lo dicho por el profeta: “Haré que desaparezca de entre ellos la voz del gozo y la voz de la alegría, la voz del novio y la voz de la novia, el ruido del molino y la luz de la lámpara. Toda esta tierra será convertida en ruinas” (Jeremías 25:10-11). Porque todo el servicio de la ley ha sido abolido de ellos y de aquí en adelante y para siempre permanecieron sin una fiesta.

Atanasio, Cartas [vi]

9- EL RECHAZO DE ISRAEL

Leer la Biblia en términos del tema del Paraíso puede profundizar nuestro entendimiento aun de los pasajes más familiares de la Escritura. De repente podemos comprender por qué el Salmo 80 e Isaías 5, por ejemplo, describen al pueblo del pacto como “el viñedo del Señor.” Como lo hemos visto, esto era un recordatorio del estado original del hombre de la comunión con Dios en el Jardín. También era un recordatorio de cuando Dios salva a Su pueblo, Él los constituyó en un Jardín renovado (o Viñedo) y por lo tanto, los escritores Bíblicos utilizaron las imágenes del plantar, árboles, viñas y frutas una y otra vez para describir la salvación en sus diferentes aspectos (Juan 15 es un ejemplo bien conocido). No obstante, es importante reconocer también, que las imágenes del Jardín pueden ser utilizadas para describir la apostasía y la Maldición, ya que el primer quebrantamiento del pacto se llevó a cabo en el Jardín. Dios le había dado a Adán la comisión de cultivar y guardar Su “viñedo”; en lugar de eso, Adán se rebeló en contra del Dueño y fue maldecido y echado fuera, perdiendo el derecho de su herencia. Esta imagen doble del viñedo, como el lugar tanto de bendición como de maldición, es un concepto importante en la Biblia y se convirtió en el escenario de una de las parábolas más sorprendentes de Jesús, la historia de los Labradores Malvados (Salmos 80 e Isaías 5 se debería leer junto con esto).

Oigan otra parábola: Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores y se fue lejos.  Cuando se acercó el tiempo de los frutos, él envió sus siervos a los labradores para que recibieran sus frutos. Pero los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a otro mataron y a otro apedrearon. Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos lo mismo. Finalmente les envió su hijo, diciendo: “Tendrán respeto a mi hijo.” Pero los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: “Éste es el heredero; venid, matémoslo y apoderémonos de su heredad.” Y tomándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron (Mateo 21:33-39).

En Su gracia, Dios había enviado profetas a Israel a través de su historia y siempre los hombres de Dios fueron tratados cruelmente. “Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada. Anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados. Estos hombres, de los cuales el mundo no era digno, anduvieron errantes por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra” (Hebreos 11:37-38). El hecho es que Israel ha rechazado consistentemente la palabra de Dios y maltratado a los profetas justo desde el principio. Como Esteban los acusó (justo antes de ser asesinado por los líderes judíos): “¡Duros de cerviz! ¡Incircuncisos de corazón y de oídos! Ustedes resisten siempre al Espíritu Santo; como sus padres, así también ustedes. ¿A cuál de los profetas no persiguieron sus padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, a quien ustedes ahora han entregado y matado” (Hechos 7:51-52).

El trato malvado de Israel a los profetas alcanzó su clímax con el asesinato del Hijo de Dios, como Jesús lo había dicho en Su parábola. Después Él le preguntó a quienes le escuchaban, “¿Cuándo el dueño del viñedo venga, ¿qué hará a aquellos labradores?”

Le dijeron: A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores que le paguen el fruto a su tiempo. Jesús les preguntó: ¿Nunca leíste en las Escrituras: “La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo. ¿El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos?” Por tanto, les digo que el reino de Dios será quitado de ustedes y será dado a gente que produzca los frutos de él (Mateo 21:41-43).

Los judíos habían hablado su propio enunciado de condenación. En realidad, el viñedo les sería quitado; el Señor vendría y les destruiría y les daría el viñedo a labradores obedientes, quienes le rendirían a Él el fruto que Él desea. El Reino iba a ser quitado de los Judíos y sería dado a una nueva “nación.” ¿Cuál sería esta nación? El Apóstol Pedro (después de citar el mismo texto del Antiguo Testamento que Jesús usó) dio la respuesta definitiva, escribiéndole a la Iglesia: “Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncien las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable.  Ustedes que en otro tiempo no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios; en otro tiempo no habían alcanzado misericordia, ahora han alcanzado misericordia” (1 Pedro 2:9-10). La clave de esto es que Dios había usado este lenguaje idéntico al hablar al pueblo de pacto de Israel en el Monte de Sinaí: “Ustedes serán Mi especial tesoro sobre todos los pueblos… ustedes me seran un reino de sacerdotes y gente santa” (Éxodo 19:5-6). Lo que alguna vez fue verdad para Israel, Pedro dice que es verdad ahora y para siempre para la Iglesia.

 

La Higuera Estéril

Israel era un jardín, un viñedo en rebelión en contra de su dueño o para cambiar la metáfora, era un árbol sin fruto como Jesús dijo en otra parábola:

Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella y no lo halló.  Y dijo al viñador: “Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo hallo. ¡Córtala! ¿Para qué inutilizar también la tierra?”  Él entonces, respondiendo, le dijo: “Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella y la abone. Si da fruto, bien; y si no, la cortarás después” (Lucas 13:6-9).

Jesús el Señor del Viñedo, dedicó los siguientes tres años de Su ministerio viajando por todo Israel buscando fruto. Ahora era el tiempo de “cortarlo.” Juan el Bautista les había advertido a los judíos, aun antes de que Jesús empezara Su oficio, que al viñedo de Israel se le estaba acabando el tiempo:

Produzcan, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no piensen decir dentro de ustedes mismos: “A Abraham tenemos por padre”, porque yo les digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Además, el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego (Mateo 3:8-10).

Este era el problema con Israel. Aunque los judíos le dieron la bienvenida a Jesús en Jerusalén agitando palmas reconociendo Su restauración del Edén venidera (Mateo 21:8-9), las ramas no dieron fruto. Es interesante, como continúa este mismo pasaje mostrando lo que sucedió después de que Jesús dejó Jerusalén. Mientras que Él caminaba, Él paso por una higuera y buscó fruto pero no encontró nada. Así que, Él maldijo a la higuera, diciendo: “Nunca jamás nazca de ti fruto.” Y luego se secó la higuera (Mateo 21:18-19). Lo mismo sería verdad para la Israel estéril y no arrepentida.

 

La Generación Final

Primordialmente, claro está, que la falta residía en los líderes de Israel, los líderes ciegos de ciegos, quienes guiaban a la nación entera al hoyo (Mateo 15:14). Por tal motivo, Jesús dirigió particularmente Sus denuncias hacia ellos (Mateo 23). No obstante, Él incluyó al pueblo como un todo en Su condenación también, como podemos verlo en las palabras de cierre de Su último mensaje público:

¡¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas!! porque edifican los sepulcros de los profetas, y adornan los monumentos de los justos, y dicen: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas. Así que dan testimonio contra ustedes mismos, de que son hijos de aquellos que mataron a los profetas. ¡¡Ustedes también llenan la medida de sus padres!  ¡¡Serpientes, generación de víboras!! ¿Cómo escaparan de la condenación del infierno? Por tanto, he aquí yo les envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataran y crucificaran, y a otros azotaran en sus sinagogas, y perseguirán de ciudad en ciudad; para que venga sobre ustedes toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien mataste entre el templo y el altar. De cierto les digo que todo esto vendrá sobre esta generación (Mateo 23:29-36).

Los pecados de Israel, sus rebeliones y apostasías, habían estado acumulándose por siglos, llenándose hasta desparramarse. El punto de la crisis fue alcanzado cuando el Hijo vino. Su rechazo hacia Él selló su destino y fueron rechazados a su vez por Dios. La generación que crucificó al Señor y persiguió a Sus discípulos era en verdad la “generación final.” Israel, como el Pueblo de Pacto, iba a ser destruida, total e irrevocablemente. Ellos habían recibido la advertencia final. Años después, justo antes de que el holocausto del año 70 DC descendiera sobre Israel, el Apóstol Pablo escribió que “los judíos… mataron tanto al Señor como a sus propios profetas y a nosotros nos expulsaron; y no agradan a Dios, y se oponen a todos los hombres, impidiéndonos hablar a los gentiles para que éstos se salven; así colman ellos siempre la medida de sus pecados, pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo” (1 Tesalonicenses 2:14-16).

Como una nación, Israel se había convertido en apostata, una ramera espiritual en rebelión contra su Esposo (Ezequiel 16). Las terribles palabras de Hebreos 6:4-8 eran aplicables literalmente a la nación de pacto, la cual había renunciado a su derecho de nacimiento:

Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada.

La misma multitud que le dio la bienvenida a Jesús en Jerusalén con hosanas estaba gritando por Su sangre en menos de una semana. Como todos los esclavos, su actitud era voluble y en última instancia fue resumida en otra de las parábolas de Jesús: “No queremos que este reine sobre nosotros” (Lucas 19:14). El sumo sacerdote reveló la fe de la nación cuando vehementemente negaron el señorío de Cristo y afirmaron: “No tenemos otro rey sino a Cesar” (Juan 19:15).

Así es que, el pueblo de pacto heredó la Maldición. Ellos habían agitado sus palmas hacia el Hijo del Dueño cuando entró en su viñedo, parecía que le daban la bienvenida a Él y a Su legítima propiedad, pero cuando Él se acercó más e inspeccionó las ramas no encontró fruto sino sólo hojas. Manteniendo el patrón que hemos visto en nuestro estudio del Jardín del Edén, Israel estaba maduro para ser juzgado, desheredado y echado fuera del Viñedo.

Pero ellos no sólo tenían los ejemplos del Edén, el Diluvio, Babel y otros juicios históricos como advertencias. Dios había declarado específicamente, a través de Moisés, que la Maldición caería sobre ellos si ellos apostataban de la fe verdadera. Haríamos bien en recordar las advertencias de Deuteronomio 28, donde Dios amenaza con la pérdida de la familia y las posesiones, siendo devastados por muchas enfermedades, sufriendo guerra y opresión de una nación pagana victoriosa, volviéndose al canibalismo debido a la hambruna, siendo vendidos a la esclavitud y esparcidos sobre la faz de la tierra:

“Y sucederá que tal como el SEÑOR se deleitaba en ustedes para prosperarlos y multiplicarlos, así el SEÑOR se deleitará en ustedes para hacerlos perecer y destruirlos; y serán arrancados de la tierra en la cual entran para poseerla.

“Además, el SEÑOR te dispersará entre todos los pueblos de un extremo de la tierra hasta el otro extremo de la tierra; y allí servirás a otros dioses, de madera y de piedra, que ni tú ni tus padres han conocido.

“Y entre esas naciones no hallarás descanso, ni habrá reposo para la planta de tu pie, sino que allí el SEÑOR te dará un corazón temeroso, desfallecimiento de ojos y desesperación de alma.

“Tendrás la vida pendiente de un hilo; y estarás aterrado de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida.

“Por la mañana dirás: ‘¡Oh, si fuera la tarde!’ Y por la tarde dirás: ‘¡Oh, si fuera la mañana!’ por causa del espanto de tu corazón con que temerás y por lo que verán tus ojos. (Deuteronomio 28:63-67 NBLH).

Debido a que Israel cometió el acto supremo de rompimiento del pacto cuando rechazó a Cristo, Israel misma fue rechazada por Dios. Las asombrosas maldiciones pronunciadas por Jesús, Moisés y los profetas se cumplieron en la terrible destrucción de Jerusalén, con la desolación del Templo y la destrucción de la nación de pacto en el 70 DC. (Ver Apéndice B para la descripción de Josefo de este evento y compara las maldiciones enlistadas en Deuteronomio 28). Como Dios lo había prometido, el Reino estaba establecido en realidad cuando Cristo vino. Pero en lugar de abrazar y asimilar al Israel viejo en su estructura, el Reino vino y convirtió a Israel en polvo. El nuevo Templo de Dios, la Iglesia, fue establecido mientras que el Templo viejo fue demolido y reducido a escombros.

Aquí puedes leer el libro completo del el Paraíso Restaurado.