El Máximo Pecado

R. J. Rushdoony

Básico al pecado máximo es el deseo de reformar a los demás y de conformarlos a nuestras ideas y esperanzas. Demasiado en seguida en nuestros tiempos este pecado es proclamado una virtud.

Lo que significa simplemente es que intentamos jugar a ser Dios y cambiar a la gente para que se adapte a nuestros gustos. Las personas que tienen problemas para llevarse bien con sus familias, sus compañeros de trabajo o su comunidad muchas veces son culpables de este pecado que significa que están intentado jugar a ser Dios.

A ti y a mí no se nos pide cambiar a las otras personas. Sólo Dios puede hacer eso. Lo que podemos hacer, por medio de la gracia de Dios, es cambiar nosotros para ser conforme a Su Palabra y su llamado. Significa reconocer la necesidad de un cambio en nosotros en vez de en los demás y dejar la reformación de ellos a Dios por medio del ministerio de Su Palabra.

Hoy, por supuesto, esto es popular. La idea común de la persona noble, el estadista o figura religiosa es de un hombre quien, por medio de la legislación y el poder policial con los fondos públicos trabaja día y noche para cambiar a los demás, nunca a sí mismo.

El máximo pecado es anticristiano hasta la médula. Pone el poder de cambiar a los hombres en las manos del hombre, no de Dios. Le da al hombre el supuesto derecho de controlar a sus semejantes en términos de sus ideas de reforma social y personal.

No tenemos ningún derecho de pedirle a la gente que se conforme a nuestra voluntad e ideas. Tenemos la responsabilidad de llamarlos a conformarse a la Palabra y voluntad de Dios. Dios mismo nos conforme a la imagen de Su Hijo (Romanos 8:29), y nos requiere, por medio de San Pablo a, “…no conformarnos a este mundo, sino transformarnos mediante la renovación de nuestras mentes para comprobar cuál es la buena, perfecta y aceptable voluntad de Dios” (Romanos 12:2). Por medio de su gracia soberana nos conforme a la muerte de su Hijo (Filipenses 3:10) para que muramos a nuestra mojigatería y a nuestras ideas de reformar el mundo y en cambio nos hace vivos a la justicia de Dios en Cristo y conformados a Su Palabra.

La próxima vez que oigas a un hombre proponer reformarte, el estado, el mundo y todo a la vista, míralo por lo que es: el máximo pecador, un “sería yo dios,” y un profanador de la creación. Y ten cuidado de que cuando veas un hombre así, no lo veas en el espejo.

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