Avalado sea «dios»
Ricardo García

De hace un tiempo ya he tenido la oportunidad de entrevistar a algunos padres con respecto a la educación de sus hijos, y un tema recurrente es el tema de la validación de los estudios, hasta cierto punto es entendible porque esta generación de padres no conoce otra alternativa sino la educación estatal, o avalada por el Estado.

El tema de la validación es inevitable, la pregunta que surge es ¿Quién valida la educación? Sin duda la educación tiene este aspecto religioso porque existe en función de un orden social, y detrás de todo orden social hay un dios.

Si el Estado valida o avala la educación entonces cualquier tipo de educación que no cumpla con sus requisitos, simplemente no es válida, porque no cumple con el propósito ni los requerimientos del dios que la avala.

El tema de la validación esta ligado al tema de la soberanía, de cierta manera quien valida o avala es quien tiene la autoridad última sobre cualquier asunto. Empecé hablando sobre la educación, pero este tema está sobre toda esfera de la vida, recordemos que el Estado reclama ser dios sobre la tierra y no está dispuesto a ceder ningún área de la vida, su propósito es que el hombre viva bajo la sombra de su soberanía.

La validación deja en evidencia la naturaleza religiosa del hombre, es interesante ver como incluso los ateos mas reacios se someten voluntariamente a que la totalidad de su vida sea avalada por un soberano e incluso están dispuestos a criticar a todo aquel que osa vivir fuera del espectro “avalador” del dios Estado.

La naturaleza religiosa del hombre hace imposible que él viva fuera de la validación del dios al que sirve.

La  dichosa “ciencia” que fue tema estos últimos dos años, es un ejemplo claro de como el dios Estado dio validez a la ciencia que quiso validar (valga la redundancia), a aquella que trabajaba según su propósito; muchos de los decretos de esta “ciencia” eran dudosos a todas luces incluso sin necesidad de ser un experto en el tema, pero como contaban con el sello validador de los expertos que a su vez eran avalados por el dios Estado, entonces se debían obedecer, porque al fin de cuentas funcionamos así, según la validación de alguien.

La validación es la voz del Estado diciéndonos que es lo mejor para nosotros, porque en si esto presupone la incapacidad de decidir por nosotros mismos que es lo mejor; no pueden co-existir dos fuentes avaladoras.

La validación en cuanto a la educación de cierto modo va de la mano con el concepto de “éxito” Los padres buscan a través de un sello que la educación que sus hijos están recibiendo es una que de alguna manera les proporcionará cierto grado de éxito, una institución, entre más sellos tenga mejor servicio brinda, por otro lado una institución o padres que educan en casa, sin importar lo correcto de sus motivaciones ni sus principios si no cuentan con sellos o clave suponemos son deficientes para enseñar, por ende el nivel de éxito dependerá de si está avalado o no. Si los padres buscamos el éxito para nuestros hijos, sería prudente hacernos la pregunta ¿quién define el éxito? O ¿según cual norma? La definición la deberíamos encontrar en la Biblia, ya que es autoridad para nuestras vidas, ¿no?

La palabra equivalente a “éxito” en la Biblia es la palabra “prosperar” y es muy interesante notar que esta palabra si bien se entiende como “victoria” también debe entenderse como “útil” entonces el “éxito” bíblicamente hablando no debiera medirse según la cantidad de satisfacciones ni logros personales, sino en que tan “útil” es el hombre y que tan preparado para llevar a cabo su llamado delante de Dios. El éxito comienza reconociendo primeramente nuestra subordinación a Dios; el éxito del hombre en la historia no se basa en que tan tecnológicos nos hemos vuelto, sino que tan “útiles” somos dentro del Reino de Dios.

Muchas veces cometemos el error de evaluar el éxito en base al numero de posesiones o de títulos, sin embargo, debemos evaluar el éxito desde una perspectiva “dinámica” en base a la fidelidad al llamado o tarea que Dios ha dado a cada individuo, justamente esto es lo que Dios premia.

“Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.” Mateo 25:21

El caso opuesto al éxito bíblico es Faraón en Egipto, Faraón como “dios en la tierra” por lo menos eso pensaba él, se creía con la capacidad de avalar o establecer quien, como y cuando se debería adorar a Jehová, el permitir que los hebreos adoraran a su Dios en sus propios términos era una afrenta a su soberanía.

Después Moisés y Aarón entraron a la presencia de Faraón y le dijeron: Jehová el Dios de Israel dice así: Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto. Y Faraón respondió: ¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel.” Éxodo 5:1-2

El fin de la historia de Faraón la conocemos bien; no importa cuantas agencias gubernamentales o sellos tenga el Estado, no es soberano ni dueño de la historia, entre más se afane en pronunciar las palabras de Faraón “¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz?” su destino será el mismo. El único con la autoridad de avalar es Dios, o acaso ¿alguien avala o certifica al Estado? En esto vemos su intención de ser como Dios; entonces los padres primeramente debieran reconocer que Dios es quien les ha calificado para educar a sus hijos y no el Estado, y lo exitoso de la educación será no en base a si obtiene un certificado con un gran sello y la firma del burócrata en turno, sino en base a la fidelidad y la preparación para llevar a cabo su tarea delante de Dios.

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